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Cultura

POETA DE LAS COSAS COTIDIANAS

Agencia Reforma

Monterrey, NL 2 agosto 2026.- Hay un poema de Leticia Herrera que parece contener buena parte de su poética. Da título a uno de sus libros, “Sólo digan que fui”, y vuelve a aparecer en Poesía reunida (1984-2020):

 “en el estero se anega el día / y comemos con prisas la nuez / del dolor antes de irnos // no importa / sólo digan que fui / que estuve en algunos brazos / que rompí la monotonía / de un invierno / a golpes de guitarra / que siempre me serenó el amor”.

 En la obra de la autora nacida en Monterrey en 1960, el erotismo, el humor, el amor y la soledad aparecen con una franqueza poco común cuando comenzó a publicar. Desde el principio buscó una poesía cercana a la conversación cotidiana, alejada de cualquier afán de hermetismo. No es difícil comparar su poesía con la de autoras como Gloria Collado, decana de la poesía nuevoleonesa.

 “Busqué desde el principio que mi poesía fuera coloquial, dirigida al público lego. Que nadie tuviera que decodificar los poemas, que le dijeran cosas a la gente con las que pudieran identificarse o disentir. No busqué nunca escribir para escritores o eruditos”, cuenta Leticia.

 “Decidí nombrar las cosas por su nombre, pero siempre intentando ir más allá de la prosa. En realidad, es un verdadero esfuerzo mantener esa ‘espontaneidad’, porque toda escritura es ficción por el momento en que ya queda plasmada en el papel”.

 Esa búsqueda ya estaba presente en Pago por ver, su primer libro, de 1984.

 “Pienso que la vida de cualquier persona es una experiencia de vida que puede narrarse, no se necesita ser alguien en específico para que esa experiencia tenga ‘valor’. Aunque parezca que todo está narrado desde el Yo, no es una cuestión de ego, no tengo problemas con ese ‘señor'”, afirma.

 “Pero creo que la poesía, cuando se refiere a cosas terrenas, es un diálogo. Ahora que casi se ha perdido la comunicación honesta entre las personas, esa poética dice: ‘¿Vieron lo que pasó?’. Y se refiere a algo tangible, por eso encuentra lector”.

 Hay quienes prefieren lo místico o la contemplación de la naturaleza. A esta mujer de voz baja, serena y afable, le interesa más la complejidad de la experiencia humana.

 “No me nace lo etéreo”, indica.

 El poeta Margarito Cuéllar reconoce en la obra de Leticia esa vocación terrenal.

 “La poesía de Lety Herrera ofrece, desde el intimismo coloquial, una visión realista y pesimista del mundo”, señala. “Estamos ante una poética de la conciencia crítica de su tiempo. Su voz es una conversación colectiva”.

 Una percepción similar tiene la escritora Mariena Padilla.

 “Nos gusta la poesía de Lety por su lenguaje fresco, su tono personal. Nos sentimos cómodos, como si se tratara de una conversación. Pero sencillez no significa simpleza. Ella habla de sí y de su mundo. Y descubrimos que su casa es parecida a la nuestra. El árbol, la ausencia, el deseo, el bucle madre/hija.

 “Sus poemas son sitios donde una (uno) se encuentra frente al espejo”.

COMPETENCIA INTELECTUAL

 Cuarta de cinco hijos, la única mujer entre cuatro hermanos, Leticia nació el 25 de agosto de 1960 en una familia marcada, dice, por la competencia intelectual. Su madre fue la potosina Coínta Herrera Zamarripa; su padre, el poeta guerrerense Horacio Salazar Ortiz.

 “Eso (la competencia familiar) te mantiene en alerta y con un alto nivel de autoexigencia, de ahí que prefiriera quitarme el apellido paterno y volverme Leticia Herrera”, revela la autora, quien prefiere no abundar en detalles de su vida familiar.

 “A décadas de distancia, creo que sirvió ese deslinde, para marchar con mi propio peculio a ver si podía convertirme en escritora”.

 Creció en el Centro de Monterrey. Entre los recuerdos más felices aparece su participación en el coro de la Primaria Julia Garza Almaguer, ubicada cerca de los Condominios Constitución.

 “Con ese coro ganamos algunos premios bajo la batuta del maestro Gonzalo Cerda y hasta grabamos un disco con el Himno Nacional, aunque de eso no tengo más que el recuerdo”, cuenta.

 La música ocupó desde entonces un lugar central en su vida.

 “La música siempre me ha hecho muy feliz, y cantar también, aunque ya casi no lo hago, porque me pasó como a Pedro Infante (‘del chorro de voz sólo me quedó un chisguete’). Mi abuela materna -quien con nueve hijos migró a Montemorelos cuando quedó viuda y perdió los bienes de su marido- me enseñó desde muy pequeña a hacer segunda voz, así que siempre disfruté mucho cantar, muchos años en la iglesia adventista, en la que crecí”.

 Esa cercanía con la música terminó influyendo también en su escritura. La poesía, dice, exige desarrollar el oído para cuidar la armonía, el ritmo, el tiempo, la cadencia y la musicalidad de los versos; incluso para controlar sus asperezas cuando son necesarias.

 “Nomás los escriben, pero no los escuchan”, dice sobre quienes descuidan esa dimensión sonora.

 A los 21 años, aquella joven que se describe como una muchacha “bastante atormentada, con insomnio y pesadillas recurrentes”, y que llegó incluso a enojarse con Dios, descubrió que la escritura sería su forma de relacionarse con el mundo.

 “Aunque llegué ‘por accidente’ a la poesía, fue mi forma de recuperar el canto, la palabra, la voz, lo que quería decirle al mundo desde donde estaba colocada”.

 Antes de dedicarse a la literatura estudió biología. Más tarde, tras quedar embarazada de su única hija, Adriana, se cambió a sociología en la Universidad Autónoma de Nuevo León.

 “Ahí entendí que el mundo tenía reglas absurdas de operar, y que había que opinar”, reflexiona. “El silencio no es una opción frente a lo descabellado de la realidad”.

PRIMER EJEMPLAR

 Tenía 24 años cuando publicó su primer libro, Pago por ver. La invitación vino de Celso Garza Guajardo, quien le propuso editar una plaquette en el sindicato de la UANL.

 “No era muy consciente, entonces, del compromiso de publicar o si me convertiría en escritora para el resto de mi vida. Había publicado poemas y textos sueltos en periódicos y revistas, pero esto fue un tanto diferente.

 “Yo empecé a escribir para decir cosas y platicar con otros, con ‘El otro’. Y Pago por ver fue el inicio de un diálogo, con su tono y sus temas ‘provocadores'”.

 En aquellos años hubo lectores que calificaron su poesía de transgresora.

 “Lo viví de manera natural, porque era lo que buscaba”, comenta. “Quería quitarle lo rosa al amor y la sexualidad femenina, volver a la mujer de carne y hueso. Como lectora de periódicos, me irritaba que lo que publicaban mujeres fuera tan ñoño, tan angélico, tan inmaculado, y yo pensé: ‘No es cierto, no somos así, no somos nada más eso’. Yo no soy así”.

 Sus poemas, dice, no buscan ser límpidos ni relamidos, sino más bien “algo desgreñados, a propósito”.

 “La poesía es escritura libre, incluso cuando la trabajas en su forma y eliminas los descuidos, los errores, las cacofonías, los ritmos fallidos; es libre si confía en que dice algo, no sólo en cómo lo dice. La ropa apretada no le queda bien a la poesía, la esteriliza, igual que un pantalón muy ajustado”.

 Con el paso del tiempo ha mantenido una línea con la experiencia íntima. A Pago por ver siguieron Canto del águila (1985), Poemas para llorar (1985-1990), Caracol de tierra (1996), Vivir es imposible (2000), Hace falta que llueva (2002), Por nosotros también vendrán (2006) y Sólo digan que fui (2011).

LIBROS ARTESANALES

 Leticia, quien actualmente es soltera, nunca ha vivido de la literatura. Ha trabajado en el INEA, como integrante de una sonora, vendedora “de todo un poco”, editora y columnista por dos décadas, funcionaria en Conarte durante un sexenio y se ha dedicado por más de una década hasta la actualidad en la docencia en la Universidad Pedagógica Nacional.

Desde 2012 dirige también su propio sello: Ediciones Caletita, que ha publicado más de 40 libros artesanales de poesía.

 “Siempre he pensado que hay que vivir y hacer cosas productivas, para poder escribir abajo de la nube, afuera de la burbuja”.

 Entre los momentos que recuerda con mayor felicidad están el nacimiento de su hija Adriana y la obtención de su doctorado en Investigaciones Educativas por el Instituto de Investigaciones Sociales y Humanas, en Oaxaca.

 “(Su hija) ha sido la gran transformación de mi vida; nuestra vida juntas es un universo complejo y, sobre todo, amoroso y que siempre se está enriqueciendo; eso me hace feliz. No es el cliché de ‘somos amigas’, sino que es un universo cincelado a punta de tristezas, soledades, remansos, supervivencias, y muchas risas, porque compartimos el sentido del humor”.

 A su bibliografía se sumaron Celebración del vértigo (2011), Palabras roncas (2016), Poesía reunida 1984-2020 (2021), así como Cuerpo de flexibles materiales y Corazón papel de china, publicados este año en la editorial Poetazos.

 Los libros también le han permitido encontrar lectores y amistades fuera de México. Uno de ellos es el poeta y traductor italiano Emilio Coco.

 “Leer a Leticia Herrera ha sido para mí uno de los últimos y felices descubrimientos. Sus poemas son intensos, duros, emotivos, lúcidos”, expresa. “En ellos la pasión amorosa es exhibida desnuda, sin oropeles, con la crudeza de un realismo impregnado de verdades cotidianas, directas, sin ficciones, pero con ironía, completamente libre de moralismos y remordimientos”.

 El poeta y ensayista argentino Leopoldo Castilla la considera una voz singular.

 “Los abordajes de los temas que trata resultan piezas únicas por la simultaneidad de la denuncia con una refinada sátira, que al confluir se sueldan con un perfecto equilibrio que revela el finísimo rigor con que fueron escritos”.

 AL respecto, Leticia explica: “Yo creo que mis temas recurrentes siguen ahí: el amor, el desamor, la muerte, el humor, la locura, pero se han ido añadiendo algunas temáticas que tienen que ver con las distintas etapas de la vida que transité y transito, así que la enfermedad, los hospitales, las medicinas, la muerte de los amigos, así como el desencanto y ese aprendizaje de irse desprendiendo de la vida, forman parte de ese dialogar poético que me propongo”.

 Lectora diversa (lo mismo le gustan Yourcenar, Apollinaire, Lorca, Platón y Aristóteles que Enriqueta Ochoa, Eduardo Lizalde y José Emilio Pacheco), Leticia enumera poemas suyos que mejor retratan su esencia: “Propuesta justa”, “Conclusión”, “Pérdidas”, el gran poema largo “Desde el nido”, “Tres mujeres”, “Deseo”, “Diferencias” y el poema breve, “Soledad”, que dice: “ayer me fui a cortar el pelo / necesitaba que alguien me tocara / auxilio”.

 Entre los recuerdos que conserva con más cariño está una lectura en el espacio al aire libre del Teatro de la Ciudad.

 “Una señora con dos hijos adolescentes me presentó con ellos: ‘¡Miren, ella es Leticia Herrera!’, y me dijo que me leían en los espacios del periódico donde publicaba”.

 También recuerda un encuentro muy inesperado.

 “En otra ocasión, creo que, en Bolivia, llegó un señor tipo vaquero, como me gustan, y me comentó que había viajado 12 horas por carretera porque por la mañana, tempranito, había escuchado una entrevista que me hicieron para radio. Yo me quedé muy sorprendida, obvio, por decir lo mínimo”.

 De los momentos adversos, dice, no encuentra el sentido de nombrarlos: “Me quedo con lo que me enseñó cada uno de ellos, y, sobre todo, que pude sobrevivirlos”.

 Añade: “Las costuritas de cada quien son lo que nos hace interesantes, atractivos, humanos; las personas lisitas son o pueden ser, desde mi lugar de vida, medio insulsas o un poco egoístas cuando piensan que es mérito propio no haber sufrido grandes calamidades. Porque las calamidades, esas sí son bien generosas, y agarran parejo, no sólo les acontecen a quienes ‘se las merezcan’.

 Además, comenta, si experimentas el mundo, es obvio que te van a ocurrir cosas, buenas y malas.

 “Si te quedas guardadito se me hace que serás muy aburridito y circular en tus temas”.

 De ahí que uno descubra que la escritura de Leticia parece sencilla hasta que uno advierte el trabajo que hay detrás. Los poemas avanzan con la naturalidad de una conversación, pero esconden una arquitectura precisa del ritmo y del silencio. Leticia escribe como quien habla; corrige como quien compone música.

 Hay jóvenes a quienes su propuesta no les interesa, dice. No le preocupa. En alguna “vuelta del carrusel” siempre aparecen nuevos interlocutores.

 Por eso, cuando alguien joven le pregunta cómo escribir poesía, responde con una sola palabra: vivir.

 “Salgan al mundo a que les pase todo lo que se pueda, y eso les dará de qué escribir. No se queden encerrados en su cuarto, expónganse al mundo, que el dolor, la tristeza, el miedo, la soledad, también son emociones, igual que la alegría, la felicidad, el placer, el amor”.

 La poesía, dice la ganadora de los premios a las Artes de la UANL 2011 y de la Medalla al Mérito Artístico Colegio Civil en 2022, le ha enseñado algo fundamental.

 “A ser sencilla en la vida misma, a no andar haciendo alharacas como si fuese uno importante”.

 Hace una pausa.

 “Lo que no ha cambiado es el afán de mantener la poesía que escribo, al filo de la sencillez, al borde de la prosa, que apenas parezca construida, que no se le noten las costuritas”, afirma.

 Después de más de 40 años de escritura, Leticia Herrera sigue persiguiendo una forma de permanencia que desconfía de las grandilocuencias. Le basta con aspirar a lo que pide en uno de sus poemas: que alguien, algún día, pueda decir que ella estuvo.

 Que fue.

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