CREMACIÓN GANA TERRENO ENTRE FAMILIAS
Monterrey, NL 2 noviembre 2026.- La cremación gana terreno en Monterrey: cada vez más familias optan por despedidas breves, impulsadas por costos y nuevas costumbres.
Crece la cremación
La muerte sigue siendo la misma, pero la manera de despedir a los seres queridos está cambiando.
Las velaciones, los cortejos y las sepulturas que por generaciones formaron parte de las costumbres regias ceden ante una práctica cada vez más común: la incineración.
Hay familias que velan unas horas, otras prefieren llevarse las cenizas a casa y algunas se limitan a celebrar una ceremonia religiosa con la urna de su familiar.
Ahmed Valtier, integrante de la familia que durante décadas estuvo al frente de Funerarias Madero, ha observado esta transformación.
“Es más, las últimas tres personas conocidas que se han ido este año fueron incineradas directamente y no tuvieron ni siquiera un funeral”, comenta.
Para Valtier, el cambio inició en los años 90 y contribuyó al declive de numerosas funerarias tradicionales, tendencia acelerada en la pandemia.
En Capillas Marianas, de Grupo Gayosso, las incineraciones representan el 57 por ciento de los servicios funerarios realizados desde 2023.
Óscar Morales Ramírez, director de Planeación y Marketing de la empresa, explica que esta preferencia se ha mantenido estable después de la emergencia sanitaria.
José Villarreal, de Funerales González, estima que alrededor del 40 por ciento de sus servicios terminan en incineración.
Una incineración en funerarias modestas, sin velación, puede costar entre 9 mil y 15 mil pesos, mientras que los servicios con velación pueden superar los 25 mil pesos.
A ello se añade la disponibilidad de espacios en los cementerios. De acuerdo con el Inegi, al cierre de 2020 estaba ocupado el 80.8 por ciento de las fosas registradas en cementerios públicos de zonas metropolitanas del País.
El organismo también documentó que las incineraciones crecieron más del doble entre 2019 y 2020.
Breve adiós
María Guadalupe García Sánchez, quien durante 16 años fue directora de Jardines de Juan Pablo, recuerda que antes eran habituales las velaciones de 24 horas.
“Después de la pandemia empezó a reducirse el número de horas”, señala.
Las incineraciones llegaron a representar el 65 por ciento de los servicios, dice, frente al 35 por ciento de las sepulturas.
“Inclusive hay familias que sólo desean velar un par de horas las cenizas de su familiar”, explica. “O mandar hacer una ceremonia religiosa y ahí se despiden”.
Para García, jubilada en mayo, predominan razones prácticas y económicas.
Berenice Navarro, de Funerales Juárez, recuerda que, cuando acompañaba de niña a su padre, prácticamente todos los servicios terminaban en entierro.
“Los panteones municipales están saturados y los particulares algo elevados en costos. Siento que las familias ya se van más a lo práctico, que es la cremación, por temas de trámites y costos”, señala.
Las cenizas pueden depositarse en cementerios, nichos de iglesias o espacios destinados para ello en las propias capillas funerarias.
Cambia la fe
La aceptación de incineraciones por parte de la Iglesia católica también ha contribuido a transformar los rituales.
Prohibidas antes, el Vaticano las permitió en 1963, siempre que no se eligieran por motivos contrarios a la fe cristiana.
Aunque está de acuerdo con esta práctica, el sacerdote Luis Eduardo Villarreal Ríos advierte que puede reducir las velaciones.
“La cremación tiende a obviar el tiempo de las velaciones, el cual es necesario para propiciar el encuentro y las muestras de condolencia con familiares y amigos”, indica.
El Padre David Jasso descarta que el aumento de incineraciones signifique una pérdida de fe.
“Pesan razones económicas, prácticas y familiares. Lo importante es acompañar a quienes están viviendo la pérdida y cuidar la dignidad del fallecido”, explica.
La Iglesia sigue recomendando la sepultura, por su relación simbólica con la de Jesús y la esperanza en la resurrección.
El documento “Ad resurgendum cum Christo”, de 2016, establece que las cenizas deben conservarse en un cementerio, iglesia o lugar sagrado, en vez de dispersarlas o tenerlas en casa.
“La cremación es compatible con un funeral católico. Puede haber velación, misa y oración de la comunidad”, añade Jasso
¿Y después de la urna?
Para la tanatóloga Patricia González, la incineración también modifica la manera de vivir el duelo.
“Hay dos cosas: primero, la practicidad. Y segundo, el hecho de incinerar disminuye el dolor de ver bajar el cuerpo a la fosa. Ir al panteón es un proceso más doloroso para los dolientes”, comenta.
Sin embargo, advierte que conservar las cenizas durante años en casa puede dificultar la despedida.
“Y esto es un arma de doble filo. Porque precisamente eso hace que el duelo se haga crónico. Las personas pueden durar años con las cenizas en casa”, señala.
“Yo les digo: ¿tendrías una tumba en tu casa?”, plantea a sus alumnos y pacientes.
No obstante, González reconoce que algunas familias conservan las urnas porque carecen de recursos para adquirir un nicho.
Negocio cambiante
David Bermeo, integrante de una familia dedicada desde hace unos 90 años a los trabajos en piedra y mármol, asegura que las incineraciones han reducido considerablemente la demanda de lápidas y monumentos.
Estima, sin embargo, que la demanda de urnas ha aumentado un 10 por ciento anual en los últimos cinco años.
Así, las cremaciones no sólo están cambiando el destino de los muertos, sino también las costumbres de los vivos: cómo despiden a los suyos y el lugar que les reservan en la memoria.
Ni la muerte evita las largas esperas
Las demoras en servicios funerarios pueden convertir la despedida de un familiar en un viacrucis de espera de horas o incluso de varios días.
En el área metropolitana, familias acusan esperas de hasta 18 horas para recoger cuerpos y de cinco días para recibir cenizas.
En Escobedo, Ariana Romero denunció que Protecto Deco tardó 12 horas en recoger el cuerpo de un familiar, pese a sus llamadas.
En la misma funeraria, Miguel Chávez reportó retrasos para entregar el cuerpo preparado y trasladarlo a incineración.
Alejandro Carrillo y Charlotte Rivera denunciaron esperas de cinco horas, mientras que Martha Mireya Banda Padilla señaló que habían transcurrido 10 horas y el cuerpo de su familiar todavía no llegaba para velarlo.
En Santa Catarina, otra persona acusó 18 horas de espera y falta de personal.
Las reseñas, reproducidas en directorios funerarios, no han sido verificadas de manera independiente. Tampoco se cuenta con una respuesta de Protecto Deco.
José Villarreal, de Funerales González, explicó que algunas empresas dependen de crematorios que atienden a distintas funerarias, lo que puede ocasionar retrasos.
“No todas las funerarias tienen horno propio, entonces mandan cremar el cuerpo a algunos crematorios en donde creman varias funerarias y pues se les junta el trabajo de cremar”, señaló.
Dijo que clientes le han referido esperas de varios días, aunque no pudo corroborarlas.
El sacerdote Luis Eduardo Villarreal también ha escuchado quejas de feligreses sobre Capillas Marianas, de Gayosso.
“No tengo el dato, pero sí el reporte de sobreventas y de ahí el rezago”, comentó.
Gayosso rechazó que existan demoras. Óscar Morales Ramírez, director de Planeación y Marketing, aseguró que las incineraciones se realizan “dentro de los tiempos habituales convenidos con las familias”, sin precisar los plazos.
Berenice Navarro, de Funerales Juárez, explicó que normalmente entregan las cenizas entre 24 y 48 horas, aunque los trámites pueden prolongar el servicio, particularmente los fines de semana.
“No es tanto por la tardanza de la cremación, sino por el papeleo”, señaló.
El artículo 348 de la Ley General de Salud dispone que los cuerpos deben inhumarse, incinerarse, embalsamarse o conservarse dentro de las 48 horas posteriores al fallecimiento, salvo las excepciones legales.
Si el cadáver se conserva adecuadamente, puede incinerarse después de ese plazo sin que necesariamente se incumpla la ley. El artículo tampoco establece un tiempo máximo para entregar cenizas.
Según el Inegi, las incineraciones en panteones públicos metropolitanos del País pasaron de 13 mil 831 en 2019 a 29 mil 187 en 2020, un aumento del 111 por ciento durante la pandemia.
