UN HOMBRE Y SU MISMO PANTALÓN
Agencia Reforma
Monterrey, NL 5 julio 2026.- Hay canciones que terminan por convertirse en una segunda identidad. Ricky Luis lo sabe desde hace décadas.
Puede subir al escenario con repertorio nuevo, hablar del disco doble que está por publicar después de años de trabajo o contar que aún sigue escribiendo canciones como cuando era un muchacho. Da igual.
Tarde o temprano alguien levantará la mano para pedir la misma.
“Todavía tengo que cerrar los conciertos con ‘la del pantalón’. Si no, no me lo perdona la gente”.
“La del pantalón” es, por supuesto, “Tengo un mes con el mismo pantalón”. Junto con “La gorda de la esquina”, “Dile de mí”, “Los trajeados” y “Solicito sirvienta”, terminó formando parte de la memoria sentimental de quienes crecieron en los años ochenta, cuando el rock en español apenas encontraba espacio en la radio mexicana y un compositor regiomontano decidió cantar historias que casi nadie estaba contando.
Mientras buena parte de la música popular oscilaba entre el rock en inglés y las baladas convencionales, Ricky Luis escribía sobre crisis económicas, personajes comunes, relaciones de pareja, contradicciones cotidianas y pequeños absurdos de la vida. Sus canciones hacían reír, pero debajo del humor había otra cosa: una manera de retratar el país.
“Parece broma, pero ‘la del pantalón’ habla de una relación amorosa donde él no trae dinero y le dice a ella que olvidó el dinero en otro pantalón”, explica.
“Años después hicieron un documental sobre la crisis económica y utilizaron la canción porque reflejaba muy bien lo que éramos.
Estábamos batallando, pero seguíamos buscando cómo reírnos”.
Con el tiempo, aquella pieza terminó eclipsando muchas otras.
El público reconocía al hombre del pantalón. Mucho menos conocida era la historia del muchacho que existía antes de esa canción.
Porque mucho antes del éxito, Ricky Luis sólo tenía una certeza: algún día sería conocido por sus canciones.
EL HUMOR
Ricardo Luis Treviño García nació el 11 de julio de 1959 en el Hospital Muguerza, en Monterrey. La primera historia de su vida parece salida de una de sus propias composiciones.
“Mi papá estaba en una cantina cuando nací. Llegó el mesero y le avisó que ya había nacido su hijo. Como traía una botana en la mano, durante años papá me llamó ‘La Botana'”.
Es el segundo de seis hermanos.
Su padre, Rodolfo Treviño, trabajaba en el área administrativa del Seguro Social. Su madre, Rosenda García -aunque prefería que la llamaran Rosy-, se dedicaba al hogar.
Ninguno imaginó que aquel niño terminaría viviendo de la música. Sin proponérselo, ambos le heredaron algo que más tarde aparecería una y otra vez en sus canciones: el humor.
“Mi mamá era muy ingeniosa.
Siempre tenía una respuesta para todo. Mi papá también. Creo que muchas de mis canciones nacen de haber escuchado conversaciones familiares”.
El trabajo de su padre convirtió las mudanzas en una rutina.
Puebla, Veracruz, Tabasco, Morelos, Mexicali y la Ciudad de México fueron, en distintos momentos, hogar de la familia. En Veracruz, recuerda, un arpista llamado Rutilo Marroquín acostumbraba recitar versos; aquellas presentaciones dejaron huella tanto en él como en su hermano Rodolfo, quien con los años escribiría poesía.
Moverse de ciudad en ciudad también significó aprender a despedirse.
Amigos, escuelas y barrios cambiaban con frecuencia. Monterrey, sin embargo, permanecía como un punto fijo en la memoria. Cada periodo vacacional devolvía a la familia a la casa de la abuela, sobre la calle Miguel Nieto, donde Ricky escuchó algunos de sus primeros discos y comenzó a construir recuerdos que nunca desaparecerían.
“Mi primer disco me lo regaló ella. Lo escuchaba una y otra vez. Son de esas cosas que nunca se olvidan”, comenta.
La música apareció muy temprano, aunque todavía parecía un pasatiempo más que una profesión.
Rodolfo escribía poesía. Ricky comenzaba a escribir canciones.
Los dos aprovechaban cualquier oportunidad para presentarse frente a familiares, amigos o clientes distraídos de algún restaurante.
“Ahí nació la idea de ser cantautor”, recalca. “Nunca he grabado canciones que no sean mías.
Desde muy joven decidí que quería cantar lo que yo escribiera”.
Mucho antes de tener un escenario, ya había tomado esa decisión.
Como no tenía guitarra, mientras estudiaba en la secundaria Adolfo López Mateos, en Veracruz, decidió robar la guitarra de la escuela. Contó con la ayuda de José Alberto Fuentes Toledo, quien años después también se convertiría en cantautor.
“El ‘Chebeto’ me ayudó. La sacamos por un tragaluz y yo me la llevé feliz a mi casa”.
Durante algunos días creyó que el plan había funcionado. Incluso cubrió la guitarra con calcomanías para poder llevarla nuevamente a la escuela sin levantar sospechas.
La única persona a la que no logró engañar fue a su madre.
“A mí no me hagas cuentos chinos”, le dijo. “Dime de dónde salió esa guitarra”.
El instrumento regresó a la escuela, pero aquella aventura dejó algo mucho más importante: para entonces la música ya había dejado de ser un simple entretenimiento.
Había comenzado a convertirse en una necesidad.
FESTIVAL OTI 85
Mucho antes de grabar un disco o escuchar una canción suya en la radio, Ricky Luis estaba convencido de que sería conocido por su música, por lo que empezó a presentarse en pequeños lugares.
“Yo les decía a mis amigos que, si 32 personas me aplaudían en un bar, entonces 32 estados de la República también podían aplaudirme”.
Mientras imaginaba escenarios nacionales, trabajaba descargando camiones para el Seguro Social en Veracruz. Las jornadas empezaban temprano y terminaban cuando el cuerpo apenas respondía. Había que formar cadenas humanas para mover mercancía bajo el calor durante horas.
“Llegaba molido a mi casa. Ésas sí eran friegas”, recuerda.
Llegó incluso a convertirse en representante sindical, experiencia que años después inspiraría “Quiero abandonarme, pero no voy a hacerlo”, la canción con la que obtendría el premio a La Revelación en el Festival OTI 85.
Posteriormente entró como operador en la radio, aunque él quería estar frente al micrófono, lo que sucedió cuando tras un error técnico lo enviaron a Sabinas Hidalgo. Oficialmente iba como operador.
“Mentí”, recuerda entre risas.
“Llegué diciendo que me habían mandado para practicar locución”.
Durante semanas abrió programas, presentó canciones y entrevistó personas hasta que lo descubrieron. Pero demostró que podía hacerlo.
De regreso en Monterrey ganó concursos de locución y comenzó a hacerse conocido en la radio junto con comunicadores como Adrián Peña y Ricky Toraya.
Toraya todavía recuerda aquellos años en la XERG, bajo la dirección de Polo Álvarez. Los locutores hablaban con una solemnidad que parecía obligatoria.
Ricky Luis eligió otro camino.
“Él con su talento, con su ingenio, con su creatividad y su franqueza, pues cautivaba a toda la audiencia por ser tan atrevido, tan chistoso, tan ocurrente, tan creativo”, comenta el locutor.
En 1982 dio un paso decisivo.
Entró al estudio CMG, de César Mario Gómez, para grabar “La gorda de la esquina” y “Dile de mí”, producidas por Gómez y con arreglos de Arnulfo Canales.
La respuesta en Monterrey fue inmediata. Entonces tomó la decisión más difícil: irse a la Ciudad de México.
“Dejé mis hermanos, la cama tendida, la sopita caliente y me vine a buscar”.
Cuando consiguió un contrato discográfico creyó que el sacrificio había valido la pena, pero lo dejaron congelado.
“Tres años. Imagínate”, revela Ricky Luis, quien vivió en un cuarto de servicio.
Mientras esperaba, veía cómo otros artistas ocupaban el lugar que él había imaginado para sí.
Las canciones permanecían guardadas y el tiempo parecía correr únicamente para los demás.
La frustración llegó a ser insoportable.
“Sentía que se me estaba yendo la vida”, expresa.
Hubo días en que la rabia terminaba descargándose contra las guitarras. Las rompía.
Y, sin embargo, cuando todo comenzaba a parecer perdido, una secretaria escuchó la maqueta de su primer disco y decidió compartirla con Sergio Andrade, quien le dio la oportunidad de grabar en Los Ángeles el disco homónimo que incluía “Tengo un mes con el mismo pantalón” y “La gorda de la esquina”.
Cuando escuchó por primera vez el trabajo, dice, se decepcionó.
“Me lo habían hecho electrónico todo”, cuenta, “y yo era roquero: quería bajo, batería y guitarra”.
La discusión terminó dándole la razón.
“Cuando terminamos, Sergio Andrade me dijo: ‘Ahora sí entendí lo que querías'”.
“Tengo un mes con el mismo pantalón” comenzó a sonar en 1985 por todo el País. “La gorda de la esquina” cruzó fronteras y llegó a distintos países de América Latina.
Las estaciones de radio, que antes no transmitían rock en español, cedieron por completo.
“En ese entonces estaban Raxé, Crazy Lazy, luego llegó Maná, que se llamaban Green Hat (Sombrero Verde). Todos cantaban en inglés.
“Fue difícil, al principio todos se burlaban cuando grababas en español, siendo que ya había mucho rock así en España y Argentina, pero pues no existían aún las redes. Ya luego todos cantaban en español”.
El problema no terminaba ahí: si una canción sonaba demasiado rockera, simplemente no entraba a la programación.
Por esa razón, a “Tengo un mes con el mismo pantalón” le retiraron las guitarras distorsionadas antes de enviarla a las estaciones.
“Se les coló por todos lados”, ríe Ricky Luis.
Toraya no tiene dudas.
“Aparte de ser de los pioneros de un estilo de locución bastante atrevido, también fue de los pioneros del rock en español”.
Los discos comenzaron a sucederse: “Dicen que estoy loco”, grabado en Madrid; “Rock de la calle”, “El rey del anonimato”, “Serpientes y escaleras” y “Mi dolor no es mortal”, producido en España por Luis Carlos Esteban, tecladista de Olé Olé.
EL BACHE
Llegaron la televisión, los programas de variedades y una popularidad que parecía confirmar que el largo camino desde Monterrey había encontrado por fin un destino.
Pero la carrera artística rara vez avanza en línea recta.
Hubo un momento en que todo pareció detenerse.
Ricky Luis lo resume con una palabra: un “bache”, por lo que durante 16 años trabajó como conductor para cadenas como Telemundo y Univisión. La televisión en Miami le dio estabilidad, una rutina distinta y nuevas amistades.
El actor, conductor y cantante Rafael Mercadante lo conoció durante aquellos años en Telemundo.
“Ricky Luis es el sueño que tenemos todos como amigo. Lo conocí como la mega estrella que es, como un referente del rock en español, como locutor de radio, que sin duda influyó en la nueva tendencia de podcasteros actuales”.
Ricky Luis, quien está divorciado y es padre de tres hijos y abuelo de dos nietos, volvió a México a mediados de la primera década de los dos miles para retomar su carrera como artista, lo cual no le fue fácil.
“Yo le pedía a Dios que todo volviera a ser como antes. Pero la palabra que recibí fue aceptación”.
De esa experiencia nació “Estoy de nuevo en el ring”.
Más que una canción, era un grito de libertad. Después vendrían otros discos: “Me siento muy bien” y “Suelta”.
Hoy trabaja en “Saltimbanquis, poetas y locos”, un álbum doble integrado por 35 canciones inéditas, financiado por amigos y admiradores.
El empresario y fundador de iD Animal, Alex D’Harcourt, conserva una imagen particularmente reveladora.
Una noche, Ricky Luis retiró todos los muebles de la sala de su casa para montar un pequeño escenario donde pudieran cantar los demás.
“Lo hizo simplemente para que otros se sintieran apapachados”, recuerda y subraya su generosidad.
El médico y músico Aarón Hurtado Lazcano, conocido artísticamente como Dockrock, coincide.
“Ricky Luis es un extraordinario ser humano”, dice, “con la habilidad de dar un consejo con palabras sabias”.
A los casi 67 años que cumplirá el próximo sábado (“No envejecimos, enguapecimos”, afirma) Ricky Luis conserva la misma convicción y la misma fe que lo llevó a salir de Monterrey con una maleta, una guitarra y una idea descabellada: que 32 personas podían convertirse en 32 estados.
Y que lo mejor de una carrera nunca es la llegada.
“Lo divertido es el camino al éxito”, afirma.
