BUCAREST FUE TESTIGO DEL BAILE DE ZAPATA
Agencia Reforma
Ciudad de México 3 julio 2026.- El buque Reina del Pacífico atraca en el puerto de La Habana en septiembre de 1953, procedente de Francia. A bordo viaja la delegación mexicana de bailarines que acaba de participar en el cuarto Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Bucarest.
El grupo es detenido por la Policía cubana al hacer escala. El Cónsul mexicano interviene. Al día siguiente los liberan, pero se llevan todo el material impreso que traían de Rumania.
Así se perdió el archivo directo del estreno de Zapata, la coreografía que consagró a Guillermo Arriaga, de quien hoy se conmemora el centenario de su nacimiento.
“Acabaron en la cárcel de regreso en Cuba porque al Gobierno de Fulgencio Batista le parecía sospechoso que vinieran de un país socialista. El Cónsul mexicano fue a defenderlos, se quedó ahí junto a la cárcel casi agarrándoles la mano en la noche. Pero les quitaron todos los programas y toda la hemerografía que traían, que sería valiosísima porque no la tenemos”, cuenta Margarita Tortajada, investigadora de danza.
Para entender cómo terminó esa delegación durmiendo una noche en La Habana, hay que retroceder a un momento particular de la Guerra Fría cultural.
Pia Koivunen, historiadora finlandesa de la Universidad de Turku, describe estos festivales como megaeventos comparables a los Juegos Olímpicos o a las Exposiciones Universales, diseñados por la diplomacia cultural soviética para que cada país exhibiera su producción cultural reciente como evidencia del vigor de sus movimientos antiimperialistas.
Es la tesis central de su libro Performing Peace and Friendship. The World Youth Festivals and Soviet Cultural Diplomacy (2023).
“En contra de los objetivos declarados públicamente por sus fundadores, el festival no se convirtió en un foro compartido de intercambio cultural, sino en un campo de batalla de la Guerra Fría cultural entre socialismo y capitalismo”, argumenta. “Toda la institución del festival se convirtió en infraestructura para la diplomacia cultural soviética”.
Bucarest 1953 reunió a 30 mil jóvenes de 111 países entre el 2 y el 16 de agosto, bajo el lema “¡No! ¡Nuestra generación ya no servirá a la muerte y la destrucción!”.
Estaba previsto que la delegación cubana fuera encabezada por Raúl Castro Ruz, entonces militante de la Juventud Socialista, de 22 años. El asalto al Cuartel Moncada del 26 de julio se lo impidió.
Arriaga, de 27 años recién cumplidos, encajaba en el perfil del festival: joven coreógrafo, formado con figuras mayores de la danza moderna como Anna Sokolow, José Limón, Waldeen y Doris Humphrey.
“En lo que se refiere al festival, el arte y el deporte de la juventud mexicana se verá representada por primera vez por algunos de sus mejores exponentes”, publicó La Voz de México, órgano central del Partido Comunista Mexicano entre 1938 y 1974, al informar sobre la salida a Bucarest de una delegación de más de 20 jóvenes.
El festival se dio en una coyuntura excepcional. Fue el primero después de la muerte de José Stalin, en marzo de 1953, y el fin de la guerra de Corea. La atmósfera, según Koivunen, era de expectación: la sensación era que el mundo avanzaba hacia un período más pacífico. La propaganda agresiva contra los “belicistas” occidentales fue reemplazada por proclamas de unidad y amistad.
La red detrás del viaje
Desde 1949, se articuló desde la izquierda mexicana un movimiento por la paz del que participaron activamente el líder sindical y político Vicente Lombardo Toledano y el pintor Diego Rivera.
En abril de 1951, según el historiador Ángel Chávez Mancilla, se creó el Consejo Nacional de Partidarios por la Paz (CNPP), presidido por Enrique González Martínez con Lombardo Toledano y Heriberto Jara como vicepresidentes.
La rama juvenil de este circuito era la Confederación de Jóvenes Mexicanos, articulada con la Federación Mundial de la Juventud Democrática (FMJD), organizadora del evento desde 1947.
“Para conseguir participantes de todo el mundo, la URSS y los países socialistas más prósperos no solo pagaron la mayor parte de la organización, sino que también patrocinaron los viajes a los festivales a través de un Fondo Internacional”, refiere Koivunen.
De modo que los viajes de muchas delegaciones de América Latina y África fueron cubiertos por completo con ese fondo.
Según Tortajada, quien lo consignó de la propia voz de Arriaga, fue Lombardo Toledano, quien invitó a los miembros del Ballet Contemporáneo al festival con apoyo adicional de Diego Rivera y de Mariano Ramírez Vázquez, director del Instituto Nacional de la Juventud Mexicana (INJM).
Los festivales incluían competencias en numerosas categorías: música clásica, música folclórica, ballet, danza folclórica, coros, teatro, circo, artes plásticas y fotografía.
La calidad del jurado era muy alta, apunta Koivunen. En 1953 fungió como jurado el célebre violonchelista Mstislav Rostropovich.
La presentación de Zapata, sin embargo, parece haber estado fuera del circuito competitivo. Según Tortajada, la obra nunca se ha mencionado en el contexto de un concurso.
El Ballet Contemporáneo, una escisión de la Academia de la Danza Mexicana, viajó con sus cuatro integrantes: Rocío Sagaón, Olga Cardona, Antonio de la Torre y el propio Arriaga.
El grupo aprovechó el festival para estrenar una pieza que habían montado en ocho meses, pese a la advertencia de Miguel Covarrubias de que sería un “fracaso horrible”.
“Se fueron por la libre, también eso pasó en el 55 y luego en el 57, cuando fueron también grupos mexicanos a esos festivales”, dice Tortajada.
Aun así, tuvieron tiempo de mostrársela antes del viaje. Covarrubias cambió de opinión y acabó diseñando el vestuario. Su hermano Luis Covarrubias se encargó de la escenografía.
La música tampoco fue original. Arriaga descubrió Tierra de temporal, una pieza sinfónica de José Pablo Moncayo, y la recortó a su gusto con el consentimiento del compositor.
Zapata se estrenó el 10 de agosto de 1953 en el Teatro Nacional Studio de Bucarest. Arriaga interpretó al revolucionario con el torso desnudo y pantalón de manta. Sagaón bailó el papel de la Madre Tierra.
La comitiva mexicana fue más amplia que solo los bailarines. Según el libro de Adriana Malvido, Zapata sin bigote, en el festival se encontraron con los artistas José Alvarado, Vicente Rojo y Antonio Gutiérrez.
De regreso, la delegación desembarcó en Veracruz sin los papeles del viaje. Zapata se presentó por primera vez en México el 31 de octubre de 1953, en el Teatro Juárez de Guanajuato. El 10 de noviembre llegó al Palacio de Bellas Artes.
La obra se ha bailado más de 2 mil veces desde entonces. El emblema del nacionalismo mexicano tuvo, sin embargo, su cuna en un teatro de Bucarest, cinco meses después de la muerte de Stalin.
