VISITA REINA DEL TERROR RUSO LA FIL
Monterrey, NL 10 octubre 2026.- Conocida como la “reina del terror ruso”, Anna Starobinets ha construido una obra en la que los miedos más profundos del ser humano encuentran expresión a través de la fantasía, la ciencia ficción, la distopía y el horror.
Nacida en Moscú en 1978, la escritora, periodista y guionista de cine y televisión estudió en el Liceo Oriental y en la Universidad Estatal de Moscú. A los 27 años publicó su primer libro, “Una edad difícil” (2005), al que siguieron “Refugio 3/9” (2006), “El vivo” (2011), “La glándula de Ícaro” (2013), “Tienes que mirar” (2017) y “El Vado de los zorros” (2022). Las tres últimas obras han sido publicadas en español por Impedimenta.
Con “Tienes que mirar”, Starobinets llevó a la literatura uno de los episodios más dolorosos de su vida: el descubrimiento, en 2012, de que el hijo que esperaba tenía una malformación incompatible con la vida.
El libro, que despertó un intenso debate, aborda el duelo y la frialdad del sistema sanitario ante el sufrimiento humano.
Reconocida, entre otros galardones, con el Premio Nocte y el de la Sociedad Europea de Ciencia Ficción, la autora vive fuera de Rusia desde 2022, cuando abandonó su país por motivos políticos. Actualmente reside en Barcelona.
De visita en Monterrey para participar el domingo y lunes en la Feria Internacional del Libro Monterrey, Starobinets conversa sobre su trayectoria y las experiencias personales y políticas que han marcado su escritura.
-Le llaman la “reina del terror ruso”, aunque ha transitado por la ciencia ficción, la fantasía, la literatura infantil y la autobiografía. ¿Qué lugar ocupa realmente el miedo en su obra?
“Lo cierto es que le debo el título de ‘reina del terror ruso’ por completo a mi primer libro, Una edad difícil, que escribí hace 21 años. En realidad, era una colección de relatos de terror. Pero, después de eso, el título se me quedó pegado de alguna manera.
“Y, para ser sincera, la parte de ‘reina’ todavía me gusta, pero me entusiasma mucho menos la parte de ‘terror ruso’, porque desde entonces he experimentado mucho y me he movido entre muchos géneros distintos.
“Sinceramente, creo que el elemento de terror no representa más de un 10 por ciento de mi obra. Aproximadamente el mismo porcentaje que en la vida real”.
-En “Tienes que mirar”, la realidad resulta más aterradora que la ficción. ¿Qué descubrió al narrar una pesadilla que había vivido personalmente?
“Cuando, durante una ecografía rutinaria, descubrí que el feto presentaba una anomalía grave en su desarrollo, me sentí exactamente como uno de los personajes femeninos de mi novela ‘El vivo’ (del 2011, que retrata un mundo hipertecnológico donde un cerebro central decide el destino y la supervivencia de cada individuo).
“Ese libro también empieza con un médico que mira a una mujer de forma muy extraña durante una ecografía, y ella se da cuenta de que algo va mal con el bebé. Ella le pregunta: ‘¿Le pasa algo al bebé?’. Mi médico me miró exactamente de la misma manera extraña, y yo hice exactamente la misma pregunta.
“Fue como si simplemente hubiera entrado en mi propio libro. Por cierto, ese libro se publicará en español muy pronto, en noviembre”.
-“Tienes que mirar” convirtió una experiencia íntima y silenciada en un debate público. ¿Qué fue más difícil? ¿Vivirla, escribirla o afrontar la reacción de los lectores?
“Lo que resultó mucho más difícil fue lidiar con la reacción pública tras la publicación del libro. Mientras lo escribía, mi mayor preocupación era que nadie lo leyera, ya que el tema era tabú y, sencillamente, demasiado oscuro.
“Pero, al publicarse, el libro tuvo un impacto explosivo. Lo leyó mucha más gente de la que jamás habría imaginado, ni siquiera en mis sueños más atrevidos.
“Sin embargo, la respuesta estuvo extremadamente polarizada. Hubo personas que me agradecieron que por fin hablara de la violencia médica contra las mujeres -ese tipo concreto de violencia médica soviética- y de cómo se privaba a las mujeres del derecho a decidir sobre sus propios cuerpos.
“Pero una gran cantidad de personas, en su mayoría mujeres, se enfurecieron porque había publicado el libro. Se me acusaba constantemente de atreverme a hablar de algo sobre lo que ellas mismas habían guardado silencio y de ‘sacar la basura de casa’.
“Es un dicho ruso muy popular. La idea es que, si hay basura -algo que no está bien- en tu hogar, no debes sacarla fuera, porque los vecinos podrían verla y pensar mal de ti. Pero, de algún modo, esto también implica que toda la basura debe dejarse pudrir dentro de la casa.
“En cualquier caso, me alegro de haber escrito este libro; no me arrepiento. A pesar de la reacción negativa, logré mi objetivo: saqué la basura para que todos pudieran verla con claridad”.
-En “La glándula de Ícaro”, avances que prometen satisfacer grandes deseos humanos terminan abriendo nuevos abismos. ¿Le interesa el momento en que una utopía comienza a convertirse en pesadilla?
“Sí, soy una gran admiradora de las distopías y me encanta realizar este truco en particular. Tomas el suelo ideal de una utopía y plantas en él una diminuta semilla de duda. Y luego, lo único que tienes que hacer es observar las plantas oscuras, densas y espinosas que brotan de ella”.
-Esos relatos aparecieron en 2013. ¿Alguno la inquieta ahora porque la realidad se haya aproximado demasiado a lo que imaginó?
“Creo que sería ‘Spoki’, el relato en el que resulta que no son los niños quienes juegan con los dispositivos, sino los dispositivos los que juegan con los niños, y donde detrás del aparato hay una fuerza muy poderosa y malévola.
“Creo que esta historia es, probablemente, la que más cerca está de hacerse realidad”.
-En “El vado de los zorros” mezcla la Manchuria de 1945, la guerra y el totalitarismo con chamanes, mujeres zorro y metamorfos (criatura que tiene la capacidad de cambiar de forma o de apariencia física a voluntad). ¿Qué le permite contar la fantasía que no podría expresar igual desde una novela histórica?
“Por lo general, creo que los elementos de fantasía y ciencia ficción simplemente amplían mi arsenal de herramientas para hablar de la realidad. Pero en este caso concreto, por supuesto, el tema más fructífero es la metamorfosis.
“Hay muchos tipos diferentes de metamorfos en la novela, pero también hay personas cuyos cuerpos nunca cambian en absoluto, mientras que algo en su interior, en sus almas, experimenta una transformación profunda.
“Y, en contraste, estas personas resultan mucho más aterradoras que muchos de los metamorfos propiamente dichos: personas cuya transformación ha tenido lugar en el interior, en el alma, más que en el cuerpo.
“Sin la premisa fantástica que me permitió poblar la novela de metamorfos, sencillamente no habría podido crear ese contraste”.
-Terminó “El vado de los zorros” antes de abandonar Rusia en 2022. ¿Cambió el significado de la novela después del exilio?
“Terminé este libro antes de que comenzara la guerra entre Rusia y Ucrania. Y, por desgracia, la novela resultó ser profética. Yo misma acabé en la situación del protagonista, Maxim Kronin, quien se queda sin hogar, sin patria y sin gran parte de su memoria.
“Por supuesto, no he perdido la memoria físicamente. Pero ahora que vivo en Barcelona, una ciudad que me gusta mucho, no puedo evitar sentir que, de algún modo, me falta el contexto.
“No entiendo muchas de las bromas, muchas de las canciones ni muchas referencias culturales que resultan totalmente obvias para todos aquí, salvo para mí. Simplemente porque no pasé mi infancia aquí.
“A veces siento realmente como si me hubieran arrancado una parte de la memoria.
“Hay también una frase que varios personajes repiten como una especie de estribillo a lo largo de la novela, y que resultó ser profética, asimismo: ‘La guerra nunca termina’. Y sí, nunca termina”.
ASISTE
Presentación de su obra.
Participan: la autora y Elma Correa.
Domingo 11 de octubre, 17:00.
Auditorio Humanidades Digitales, Cintermex.
Mesa redonda “Rutas de la literatura especulativa”.
Mesa redonda con Elaine Vilar Madruga, Alberto Chimal, Anna Starobinets y Susana Ruiz.
Lunes 12 de octubre, 20:00.
Auditorio Humanidades Digitales, Cintermex.
