Cultura

GUILLERMO FADANELLI, EL REGRESO AL ‘FANGO’

Agencia Reforma

Ciudad de México 9 marzo 2026.- Lo último que los lectores de Guillermo Fadanelli supieron sobre el filósofo Benito Torrentera, protagonista de su novela Lodo (2002), es que se hallaba recluido en una cárcel de Michoacán, purgando una condena por el asesinato de dos hombres.

Y eso mismo es lo que el propio escritor (Ciudad de México, 1960) supo de su personaje durante más de 20 años, hasta que la incertidumbre sobre el destino de éste, como una comezón persistente, le obligó a continuar su historia.

«Me perturbaba su prisión», reconoce Fadanelli en entrevista. «Pensaba: ‘bueno, es un profesor de filosofía, un personaje al que yo le tengo un afecto privilegiado’, y me pregunté a mí mismo si tendría la capacidad, literariamente hablando, de excarcelarlo».

Torrentera reaparece en su viejo departamento de la Colonia Roma, cavilando sobre la soledad y la miseria humana frente a 16 botellas de brandy completamente vacías: «Los ebrios les hablan a los muertos, no a los vivos. Ésta es una regla que los vivos se obstinan en no comprender, como es evidente», masculla para sus adentros.

En Fango (Random House), la secuela recién publicada de Lodo, el personaje se muestra todavía más muerto en vida, con el nihilismo aún más afilado y con el «alma rusa» -como la de Dostoievski, Chéjov y Gogol, compara Fadanelli- incluso más endurecida.

«Yo no creo que la cárcel lo haya transformado. Más bien creo que reafirmó sus nociones sobre el mundo, su escepticismo, la creencia de que somos bestias depredadoras que nos ocultamos en la idea de la razón», pondera el escritor.

Cinco años han pasado desde que el profesor de filosofía de la UNAM decidiera tirar su vida por la borda en un viaje carretero enloquecido con Flor Eduarda, la cajera de un Seven Eleven que se volvió el centro de su existencia.

Encarcelado durante un lustro por órdenes del Chulo Linares, un narcotraficante igualmente obsesionado con la joven, Torrentera es devuelto a la Ciudad de México para tratar de rehacer su vida.

Aparece entonces su hermano, Esteban Torrentera -un priista converso con ínfulas de superioridad moral-, quien le encarga la escritura de un libro biográfico sobre el prócer liberal José Santos Degollado (1811-1861), que habrá de ser pagado y firmado por un senador de Jalisco para su lucimiento político.

El proyecto, que lleva consigo una paga exagerada, le cae al filósofo como un bote salvavidas, y le permite espejearse en la historia del general que, a pesar de su lealtad, fue despreciado por Benito Juárez.

«Lo llamaban el ‘General Derrotas’ y Torrentera se dice a sí mismo el ‘Profesor Derrotas’, en alusión a Santos Degollado», compara Fadanelli.

Estas reflexiones sobre el pasado histórico de México, así como los roces del protagonista con la corrupta y acomodaticia clase política del presente, son narrados a través de la ácida y desencantada visión que comparten Torrentera y Fadanelli, que por más negra que parezca, guarda un resquicio de esperanza en el futuro.

«Por eso yo no estoy, ni milito ni lo haré, en ningún partido. Y a mí me interesa el anarquismo, pero como crítica al poder, no como la destrucción de toda estructura social. Más (Piotr) Kropotkin que (Mijaíl) Bakunin. Y ejercer la crítica a través de la opinión social es necesarísimo; es muy necesario revalorar al individuo para que en verdad forme una comunidad fuerte y sólida», plantea el escritor.

«Porque no hay individuo sin la existencia de los demás. Pero tampoco hay comunidad sin la existencia y participación de individuos libres, no manipulados ni pastoreados, sino capaces de pensar por sí mismos. Yo sé que es una utopía: no la viviremos en las próximas décadas, pero creo que Torrentera y yo también tenemos esa idea acerca del horizonte político».

Propenso -o, quizá, condenado- a repetir sus errores, Torrentera termina persiguiendo el recuerdo de Flor Eduarda en su sobrina, Irma Torrentera, con quien inicia una desconcertante relación que lo pone, de nuevo, en la mira de unos matones.

«Pienso, como Kierkegaard, aunque yo no soy cristiano, que la repetición va formando al ser humano; repetir determinados patrones. Hay que ser muy perspicaz, muy talentoso y muy rebelde para cambiar el rumbo de las cosas», pondera el autor.

«Y lo que hace Torrentera cuando tiene una relación con Irma no sólo es vengarse de ese político corrupto que cambia de partido como de ropa íntima que es su hermano, Esteban Torrentera, sino también construye un paralelismo nostálgico de la relación que tuvo con Flor Eduarda».

En muchos sentidos espejo del propio Fadanelli, el profesor de filosofía tiene una relación longeva de asombro y de repugnancia con la Ciudad de México, terruño que ve azotado por la oleada de extorsiones y cobros de piso que padecen los ciudadanos honestos que sólo intentan ganarse la vida.

«La desconfianza, el malestar del ciudadano, la sospecha de la criminalidad y la acción de ésta no nos permite vivir amablemente en comunidad. Y Benito Torrentera se percata de ello e, incluso, tiene relación con maleantes, hasta que finalmente hace justicia por su propia mano porque no va a esperar, como si fuera un hombre cándido, que los gobiernos en turno resuelvan esos problemas de criminalidad a los que nos enfrentamos todos los días», relata.

De nuevo en una espiral descendente, el personaje enfrenta un destino peor que el de Lodo, novela que le valió a su autor importantes reconocimientos -como el Premio Nacional de Narrativa Colima 2002; incluso fue finalista del Premio Rómulo Gallegos 2003-, y que, en cierto sentido, catapultó su carrera.

Por su parte, Fadanelli asegura que la aparición de Fango no se trata de un caso más de «oportunismo literario» -como sucede a menudo con las secuelas-, sino una búsqueda literaria genuina que lo llevó a reconectar con una voz conocida y familiar.

Ahora, tras pergeñar un nuevo tramo en la vida de Torrentera, su autor vuelve a ignorar qué final le espera su personaje.

«Espero ya no estar vivo para escribir una tercera parte», dice entre broma y no. «Cuando alguien me pregunta cómo estoy, le digo: «Ya incluso mi sombra, cuando camino por la calle, se me adelanta».