Cultura

DE LAS POETAS PARA LAS MUJERES

Agencia Reforma

Monterrey, NL 7 marzo 2026.- Un grupo de poetas explora, desde la palabra y la experiencia personal, distintas miradas sobre lo que significa ser mujer.

JEANNETTE L. CLARIOND

Se rompe en tu regazo la nervadura del sueño, la noche te cerca, se hunde, te da, mujer, la tierra.

Hay una ausencia, un hilo gris, se han borrado los azules, las aves han partido y la lluvia ha extraviado las ovejas.

A salvo queda una (vi cómo se apartó del rebaño, cómo fue asediada, la miré desangrarse, y me encontré en el surco de sus ojos).

Sauces, cirros, cántaros, para la luz de la inocencia.

GABRIELA CANTÚ WESTENDARP

I

El color verde pero también azul del radio es provocador. Mania, después conocida como Maria de segundo nombre, Salomea (como la princesa hijastra de Herodes) es también la esencia de la provocación.

Nada de maquillaje ni de joyas ningún atuendo sugestivo ahí no radica su magnetismo.

Una apetencia insondable por sumergirse en las aguas, por penetrar los muros de piedra y habitar regiones desconocidas.

-Busca un manto, un broquel cristalino-.

III

Maria Salomea, mujer, extranjera, judía y no creyente: No escuchan tu opinión-.

No eres la hija ideal-.

No entras en la universidad-.

No eres digna de ciertas compañías-.

No puedes amar a cualquiera-.

No eres lo que los otros esperan-.

No tienes un país-.

No habrás de ingerir colación suficiente-.

No eres la madre abnegada y cariñosa-.

No encarnas a la mujer pura y cristalina-.

No tienes laboratorio-.

No te mereces la plaza de maestra-.

No das los discursos en la academia-.

No recibes el justo reconocimiento-.

No podía ser de otra forma y sin embargo no hiciste caso del destino que te prepararon.

V

(…) Maria Salomea Reina y Santa Ruega por nosotros.

ELENA GARRO

La noche es muy oscura y no se acaba nunca y yo soy muy pequeña y estoy muy delgadita.

ANNE CARSON

La luz de la luna en la cocina es una señal de Dios.

Un tipo de tristeza como tubo negro de succión vaciándote desde tu propio ombligo y que los budistas llaman «vaciar la mente» es una señal de Dios.

Los callejones sin salida que discurren paralelos a una conversación como latigazos son una señal de Dios La propia calma de Dios es una señal de Dios Un sorprendentemente frío olor a patatas o dinero.

Sólidos pedazos de silencio.

De estas señales diversas puedes ver cuánta tarea queda por hacer.

Guarda tu tristeza, es parte de la tarea.

ANNE SEXTON

Algunas mujeres se casan con casas.

Es otro tipo de piel; tiene un corazón, una boca, un hígado y movimiento de intestinos.

Las paredes son estables y rosas.

Mira cómo se pasa todo el día hincada de rodillas, lavándose fielmente.

Los hombres entran a la fuerza, retrocediendo como Jonás dentro de sus gordas madres.

Una mujer es su madre.

Eso es lo más importante.

SYLVIA PLATH

Las papas protestan silbando.

Todo es muy vulgar e indecente, este lugar sin ventanas, la luz fluorescente, encendiéndose y apagándose en una mueca de dolor. Como una terrible jaqueca, estas modestas tiras de papel a modo de puertastelones de teatro, rizos de viuda.

Y yo, cariño, soy una embustera patológica, Y mi hija -mírala, tumbada bocabajo en el suelo-, una marionetilla sin hilos, pataleando desesperada por desaparecer.

Porque es una esquizofrénica, da miedo verla así, con la cara roja y blanca.

Y todo porque arrojaste sus gatitos por la ventana a una especie de pozo de cemento donde cagan, vomitan y gimotean, y ella no los puede oír. Claro, la cabrona es una niña.

Tú, a quien se le han fundido las lámparas, como a una radio barata, Limpia ya de voces y de historia, del ruido electroestático de lo novedoso.

Dices que debería ahogar a los gatitos, porque ¡apestan! Dices que debería ahogar a la niña, pues, si a los dos años ya está así de loca, a los diez se cortará el cuello.

El bebé, en cambio, ese caracol rechoncho, sonríe desde los pulidos rombos de linóleo anaranjado.

Te lo comerías. Claro: él es un niño.

Dices que tu marido no es bueno contigo.

Su mamá judía le guarda su dulce sexo como si fuera una perla.

Tú tienes un solo hijo, yo dos.

Debería sentarme en una roca allá en Cornwall y dedicarme a peinarme el cabello.

Debería llevar pantalones de piel de tigre y liarme con alguien.

Los dos, sí, deberíamos reencontrarnos en otra vida, Reencontrarnos en el aire.

Tú y yo.

Entretanto, la cocina hiede a grasa y a cagada de bebé.

Me siento atontada y lenta por culpa del somnífero de ayer.

La humareda de la cocina, la humareda del infierno flota sobre nuestras cabezas, dos oponentes ponzoñosas, nuestros huesos, nuestros cabellos.

Yo te llamo Huérfana, huérfana.

Estás enferma.

El sol te produce úlceras, el viento, tuberculosis.

Una vez fuiste hermosa.

En New York, en Hollywood, los hombres decían: «¿Llegaste? Wow, nena, pues sí que eres especial».

Pero tú fingías, fingías, fingías por puro placer.

El marido impotente se escabulle penosamente fuera, en busca de un café.