CASINO ROYALE: UN DÍA DE TERROR
Monterrey, NL 25 agosto 2026 .-Ese 25 de agosto del 2011 eran las 15:48 horas y había alrededor de 300 personas en el Casino Royale. Entre el tráfico lento de Avenida San Jerónimo, cuatro vehículos llegaron al negocio, de los cuales bajaron sujetos armados que vaciaron bidones con gasolina en el interior del casino.
Uno de los peores ataques de la delincuencia contra civiles en México había iniciado. Algunos testimonios de esta crónica fueron publicados en el 2012.
Fue hace una década. Hay quienes dicen que fue el peor año y no parece faltarles razón: la violencia estaba por doquier.
Ese 2011, soldados vestidos de policías asesinaron y le sembraron un arma a Jorge Otilio Cantú en la Avenida Lázaro Cárdenas; jóvenes fueron colgados y fusilados a pleno día en el Puente Chapultepec; los atentados contra policías y alcaldes estaban en su apogeo, el director del C5 fue calcinado y dos escoltas del Gobernador aparecieron decapitados. Los ataques con granadas a puestos de vigilancia y aparición de restos humanos eran frecuentes, así como ejecuciones, robos y secuestros.
Llegaron los ataques al Café Iguana y al bar Sabino Gordo, el 22 de mayo y 8 de julio, respectivamente -entre muchos a otros bares y negocios que extinguieron la vida nocturna-. En este último, un grupo del Cartel del Golfo mató a 22 personas entre clientes y empleados. Así, Monterrey tuvo su primera masacre en su historia.
Hasta que llegó la tarde en el Casino Royale y la violencia escaló más allá de la barbarie.
Dora Elia Sánchez y su esposo Rómulo Baldomero Tamez decidieron comer en el Casino Royale antes de la cita a las cinco de la tarde del segundo, ginecólogo. La pareja, que en el 2012 cumpliría 35 años de matrimonio, había terminado sus alimentos, por lo que Dora Elia fue al baño, pero debió ir al del segundo piso porque el primero estaba en reparación.
La mujer estaba por salir cuando de pronto entraron varias mujeres gritando “¡¡Truenos, truenos!!”. Detrás de ellas venía un intenso humo negro que rápido las rodeó sin poder mirar nada. Dado que el reducido espacio se atestó, muchas decidieron salir a ciegas y obedecieron la instrucción de un empleado que quién sabe si habrá sobrevivido que gritaba “¡¡Para arriba, para arriba!!”, indicándoles que subieran por una minúscula escalera.
A tientas, pensando que quizá hubo un corto en alguna máquina, Doras Elia se fue apoyando en las paredes -dice que no se veía las manos- pero que eran tantas las personas aterrorizadas alrededor que cayó y fue pisoteada en repetidas ocasiones.
A 10 años de aquel momento, la mujer revive: “No sé cuánto tiempo estuve ahí tirada en las escaleras…, pasaron muchas personas encima, pero al fin pude levantarme y me di cuenta de que estaba sola. No había nadie a mi alrededor.
“Estaba descalza, sentí que me luxaron un tobillo, así que orando fui avanzado y en eso vi la luz del cielo. Luego me di cuenta de que era de esas puertas que se cierran por su propio peso, qué bueno que no se cerró Dios me quiere mucho”.
Descalzada y cojeando, Dora Elia salió a la vida. Bajó por una rampa vehicular y se encontró con Patricia Sáenz, quien tampoco sabía de su marido, Eduardo Martínez Cavazos, dedicado al negocio de ventanas. Ambos estaban por partir del restaurante cuando escucharon una detonación y él gritó: “¡¡Rápido, una balacera!!”.
Ambos intentaron correr de la mano, pero pronto el humo y el caos lo separó.
“Se me fue de las manos, se me perdió”, recuerda Patricia, quien, a ciegas, entre el griterío y sobre cuerpos tirados, llamaba a gritos a su esposo.
Tomaría la misma ruta que Dora Elia hasta encontrarse en la calle. A su lado arribaría Samara Pérez, quien llegó con su hijo Brad Muraira, de apenas 18 años, quien apenas entró se dirigió al área de ruletas.
“Fue la última vez que vi a mi hijo con vida”, revela. En eso entraron al casino por la puerta principal unos hombres armados gritando groserías. Uno golpeó con tal contundencia con la cacha de su arma a una empleada del vestíbulo que seguramente fue una de las primeras víctimas.
“Entonces empezaron a rociar gasolina, no lo podía creer, todo fue demasiado rápido”, cuenta la madre de Brad, quien de inmediato vio cómo el humo negro lo comenzó a poblar todo.
“¡Váyanse a la chingada!”, gritó uno de los criminales, lo que algunos aprovecharon para salir por la puerta principal.
Samara corrió hacia las ruletas, pero no vio a su muchacho. Entre el griterío y el humo negro que lo empezó a invadir todo lo llamó, en vano, mientras cientos corrían desorientados en medio del humo. Algunos se desmayaron ante el terror y los estruendos de las máquinas y otros fueron pisoteados.
A como pudo llegó al área VIP, donde estaba la barra, y en eso vio a unas personas con cangureras que identificó como empleados a los que una persona con traje les ordenó que le dieran las cangureras con dinero que traían en la cintura. Todos salieron por una puerta de empleados que daba hacia la calle y por ahí salió ella también.
Reflexiona al paso de los años: “Nadie les dijo a todas esas personas (que murieron) que esa era una puerta de vida. No hubo capacitación, todo mundo hubiera podido salir por ahí, pero muchos corrieron hacia los baños”.
Samara salió a la calle gritando el nombre de su hijo. Dio la vuelta y vio que las llamas en la parte frontal eran muy grandes.
“¿Qué era esto? No lo podía creer”, describe. “Los primeros que llegaron fueron policías, no me acuerdo”.
En realidad, el primero que llegó a la tragedia fue un fotoperiodista de EL NORTE, Francisco Bustos. El fotógrafo se dirigía por Zaragoza a una sesión de fotos por el Gimnasio Nuevo León cuando le indicaron que precisamente en Zaragoza y Constitución había balaceado una ambulancia que trasladaba reos del Penal del Topo Chico.
Francisco, ahora independiente, se bajó del taxi conducido por Pascual Salazar y habrá tardado 15 minutos en consignar el suceso en que fue herido el conductor, que sobrevivió.
Enseguida siguió su camino por Constitución cuando Pascual le dijo que algo se estaba quemando hacia el poniente.
“Le dije que parara en el salón de eventos que está en Hidalgo y Gonzalitos, crucé un puente peatonal y llegué hasta el casino”, evoca el fotógrafo. “Había una flama enorme que salía por la puerta principal, justo al lado de un carrito de golf”.
No había nadie afuera, afirma. En eso, vio que una joven ascendía a toda velocidad por el estacionamiento subterráneo. Iba llorando y con los zapatos en la mano.
“Hay gente adentro”, se dijo, estremecido. En eso, cuenta, llegó una granadera de la que bajaron dos policías que corrieron de un lado a otro sin saber qué hacer.
“Cuando llegan esos policías me di cuenta de que en el techo había mujeres gritando por ayuda, entonces me fui a la parte trasera, llegué a un estacionamiento de varios pisos y vi que en el techo del casino había como 20 personas, casi todas mujeres adultas, y un hombre que intentaba sacarlas al estacionamiento aledaño, pero la barda era muy alta”.
Era Gerardo Rocha Almanza, con tres años trabajando en el área de sistemas del Casino y que en ese momento se encontraba en el techo revisando equipos. Cuando la multitud desesperada llegó hasta donde él estaba y el humo lo envolvía todo, el joven entonces de 28 años se puso de banquito para que las señoras alcanzaran la vida hacia el estacionamiento contiguo.
“No se me ocurrió otra cosa que ingeniármelas: otro compañero ayudaba a subir a las personas sobre mi espalda. Le gritaba: ‘¡¡Los que siguen, los que siguen!!’. No sé cuánta gente habré sacado, 30, 40”, cuenta sobre los sobrevivientes, muchos de los cuales fueron bajados por Juan Carlos Rocha Sillas, quien conducía un carrito de golf que daba servicio al casino y que llevó a toda prisa a los clientes para ser atendidos por paramédicos.
“Cuando vi que sacamos a todos, hasta al amigo, me senté y me empecé a sentir mareado”, evoca Gerardo. “Soy asmático, todo estaba lleno de humo. Dije: ‘Me voy a quedar, ni modo, el propósito era ayudar a la gente’, pero pensé en la bebé que iba a nacer en unos meses y, a como pude, me incorporó.
“En eso llegó un bombero en una escalera y me ayudó a salir: volví a nacer”.
Desesperada, junto a decenas de familias que iban llegando, Patricia exigía mayor acción.
“Vi que estaba una máquina ahí parada y les pedí que la movieran y con ella hicieran agujeros en la pared, pero me dijeron que necesitaban un permiso… Hubo mucha pérdida de tiempo”.
Se refiere a la maquinaria que estaba ahí durante la construcción del enredo vial que el Estado emprendió en Gonzalitos. En vano. Lo mismo hizo Samara: les gritaba a bomberos que entraran, que había gente encerrada en los baños, pero ellos le respondían que primero había que apagar aquel fuego intenso, atentos al humo y a trozos de concreto y materiales que caían del inmueble.
“Pedí que usaran una escalera telescópica para sacar a la gente del techo, pero los bomberos me dijeron que no tenían. Estaban rebasados.
“Yo estaba pasmada con la imagen del bomberito exhausto”.
Habla de Jesús Gerardo Ávila Puente, entonces aspirante a bombero, de 21 años, quien sofocado por el humo negro jalaba aire sentado sobre una rampa.
La imagen captada por EL NORTE le dio la vuelta al mundo.
La autoridad ordenó poner en marcha hasta las 18:00 horas dos vehículos “mano de chango”, que servirían para hacer los cinco hoyos por donde sólo saldrían muertos.
Seguramente la alerta del par de policías desconcertados fue escuchada por Guadalupe Palomares, rescatista de la Cruz Verde, quien estaba apostado en su ambulancia en Terranova y Gonzalitos con su compañero Armando Elizondo.
Palomares condujo la primera unidad que llegaría al lugar: al mirar hacia la zona desde el paso a desnivel de Calzada Madero, recuerda, vio que la columna de humo negro era inmensa, por lo que el decano del socorrismo pronosticó: “Esto va a estar bien fuerte”.
“¿Tú crees?”, le preguntó el compañero.
“Va a estar feo”, contestó Palomares.
Apenas llegaron y ya les habían llevado a una persona a la ambulancia: una chica que trabajaba en monitores del casino.
“¿Cuánta gente había?”, le preguntó el rescatista.
“Mucha”, contestó al joven, entristecida. “Estaba lleno”.
Palomares presintió lo peor.
Rogelio Ayala, director general de la Delegación Monterrey de la Cruz Roja Mexicana, ha descrito el riesgo enfrentado por los cuerpos de auxilio.
“Desconfiábamos de todo. Cuando mis compañeros y yo estábamos ahí preguntábamos: ‘¿Qué pasaría si hubiera un artefacto explosivo en uno de los autos?’, pero no nos fuimos”.
El coordinador de héroes cuenta que cuando veían conflictos armados en los cursos para ser paramédicos decían: “Esto no va a ocurrir nunca aquí”. La realidad fue distinta.
Dora Elia, Patricia y Samara se habrán entrecruzado con él y otros rescatistas, como Ernesto Morales, de Protección Civil del Estado. Morales llegó con sus compañeros de turno Luis Oviedo, Rolando Pérez, Víctor Olivo y el subdirector operativo Martín Castillo, ya fallecido, héroe en varias contingencias.
“Estaba incendiado prácticamente todo, había fuego por la parte de enfrente, por la calle lateral salía mucho humo, igual por la parte de atrás”, recuerda Morales. “Varias personas estaban afuera buscando a sus familiares.
“Intentábamos entrar, pero no se veía nada, el humo era tan denso que no alcanzabas a ver 20 centímetros delante de ti, todo era usar manos y pies, aparte de que el calor era muy intenso”.
A esa hora ya estaban afuera del casino en llamas Lorena Garza Vela y José Reyes Moreno. A ambos les alcanzaron a llamar por celular Liliana Elma Vela Vázquez y Laura Adriana Gregoria Navarrete Berlanga, su madre y su pareja, respectivamente.
Lorena estaba en su casa cuando cerca de las cuatro de la tarde recibió una llamada cuya voz no pudo identificar hasta que Liliana le gritó: “¡Soy tu mamá!”.
“¡Atacaron el casino y me metí a un cuarto, hay mucha gente!”, gritó más fuerte.
“¡Busca por dónde salir!”, le gritó la hija, quien oía gritos aparte de los de su madre. “¡Ahorita voy para allá!”.
Liliana, que casi no escuchaba, le respondió: “No hay manera de salir encárgate de todo”.
Lorena se quedó gritando el nombre de su nombre hasta que dejó de oírla, no así el estrujante coro de ayes y gritos desesperados de regiomontanos atrapados en aquel infierno sin precedentes en la historia local.
“Corté la llamada”, afirma Lorena al no resistir aquel espanto. Muy seguramente Laura, la pareja de José Reyes, le estaba hablando desde el mismo lugar cuando le llamó para decirle que estaba atrapada con muchas personas entre humo negro.
“Búsquenme en los baños”, le dijo Laura, acaso también resignada de que no saldría con vida. “En los baños”.
Lo mismo sucedió con Patricia, quien tras alcanzar la vida logró comunicarse por celular con Eduardo, su esposo: “¡¿Dónde estás?!”, le preguntó ella, empujada por la gente.
“Me estoy ahogando, nena”, contestó, lacónico.
“¡¿Dónde estás, mi amor?!”, gritó, desesperada. Así insistió varias veces.
“Me está dando un infarto”, le musitó y ella no volvió a escucharle.
“Estoy segura de que no quiso decir dónde estaba para que no fuera a buscarle, para que me salvara”, concluye Patricia.
Ella alcanzó a vislumbrar la misma salida hacia el techo que Dora Elia, sólo que alguien gritó: “¡Hay francotiradores!” y la muchedumbre, aterrada, paró en seco y muchos se devolvieron por la escalera. Patricia no.
“Seguramente mucha de esa gente murió al devolverse”, comenta Patricia, algo similar a lo que le pasó a Claudia Edith Castillo Ramírez, quien trabajaba en otro casino y a última hora la llamaron para que cubriera el Bingo en el Royale.
Su madre, Marisela Ramírez Cano, se enteró por un compañero en una de las misas que su hija, él y otra compañera se refugiaron en un baño al momento del arribo de los asesinos y alguien gritó “¡Hay francotiradores!”, por lo que la joven de 25 años y su compañera se negaron a salir y murieron asfixiadas como decenas de personas.
“Ella se pudo haber salvado”, afirma Marisela, quien se quedó con dos niños pequeños de su hija.
Todos fueron a buscar a sus familiares en el anfiteatro del Hospital Universitario, con excepción de Dora Elia, a quien un militar le dijo que el cuerpo de Rómulo fue el primero en salir.
“Estábamos en la entrada, él se hubiera podido salvar, pero se fue hacia el fondo, buscándome”.
A como pudo, el Servicio Médico Forense sacó adelante las identificaciones, incluso de la mano de los familiares, que se agolpaban a las puertas de la morgue y que debieron ver decenas de fotos de víctimas.
Ramón Martín Jaramillo, jefe del área posmortem, recuerda que fue impresionante estar recibiendo los cuerpos, algunos destruidos, y en minutos recibir otros 10 más y así.
“Nunca había pasado esto con tantos civiles”, comenta. “Es algo que nos quedará grabado para toda la vida”.
El jefe de héroes Andrés Molina, Comandante de Bomberos de Nuevo León entonces, fue el primero en dar las declaraciones que marcarían la tragedia del Casino Royale: no había puertas de emergencia bien señalizadas, tampoco rutas de evacuación y, las salidas que había, estaban cerradas.
Las alfombras y plásticos sin material retardante y la ausencia de un sistema contra incendios hicieron del Royale una cámara tóxica: murieron 52 personas, incluidas dos embarazadas. Las descripciones iniciales de Molina fueron dantescas.
Tiempo después se sabría que mientras el fuego lo devoraba todo en el Royale y el humo oscuro crecía sobre esa zona de Monterrey, los asesinos discutían atrás de la Juguetería Julio Cepeda -a cerca de un kilómetro del lugar de la masacre- sobre la desproporción del ataque que intentaba asustar para cobrar “cuotas”, en tanto el propietario del casino, Raúl Rocha Cantú, contemplaba desde un auto la tragedia.
Al otro día, los tableros de las funerarias locales no daban abasto para comunicar decesos, en tanto los periódicos se llenaron de esquelas y notas de pena. Parecía que todos los regiomontanos conocieron a alguien que murió en el Royale.
Cuando aún se buscaban cuerpos y evidencias, ese día el Presidente Felipe Calderón encabezó una guardia en el casino de seis minutos. No hubo mensaje.
Tras él arribarían por aire y tierra mil 200 soldados, seguidos por 700 federales. De éstos, llegarían mil 500 más.
El Gobernador Rodrigo Medina decretó tres días de duelo para conmemorar cada año la tragedia. Una de las primeras banderas en izarse a media asta fue la monumental del Obispado, que el 27 de agosto, por los vientos, se precipitó sobre el cerro. Simbólico.
Tres días después, 2 mil personas protestaron en Palacio de Gobierno con pancartas en las que se leían las frases “¡Hasta aquí!”, “¡Renuncia, Medina!”, “¡Fuera los casinos!”, “¡Queremos paz!”.
Ni renunció el Gobernador ni se fueron los casinos ni llegó la paz a Nuevo León.
El Comandante Molina debió desdecirse al tiempo de las condiciones deficientes del casino para no afectar a la administración estatal en turno, la de Medina, gestión que distrajo a la opinión pública divulgando videos del hermano del Alcalde Fernando Larrazabal extorsionando otros casinos: Jonás fue exhibido, sin castigo de por medio, y sufrió un accidente en motocicleta que lo dejó parapléjico, en tanto su hermano no fue tomado en cuenta en la pasada elección por la gubernatura.
Nadie se hizo cargo de las víctimas, de la reparación de daños, de los hijos sin padres y de las madres sin hijos y esposos. Hubo detenciones, pero a algunos familiares de víctimas, impedidos para consultar expedientes, no les queda claro que sean ellos responsables. Algunos murieron y otros están detenidos por delitos distintos a la tragedia más ruin cuyos detalles dio a conocer EL NORTE al día siguiente con el que acaso sea uno de sus encabezados más dolorosos: “Calcinan a inocentes”.
La foto principal era de Francisco, quien tras darse a conocer el video con la hora del ataque, se fijó en la hora que marcaba su cámara para sus primeras fotos.
“Habían pasado nueve minutos de que se habían ido los que incendiaron el casino”, comenta.
Samara dice que el Estado falló en todos los sentidos hacia los deudos, quienes han caminado solos y revictimizados. Lo peor es que no hay un sitio digno donde recordar aquella tragedia impune y que brinde un mensaje de que esto no se debe repetir.
“Lo más terrible de todo es que el permiso del casino sigue vigente en la operación, si mal no recuerdo, de nueve casinos en Nuevo León. ¿Cómo pasó esto? Sólo que la corrupción y la impunidad matan”.
David Carlos Cavazos, quien perdió a su madre Aída Cavazos de la Peña en el incendio del casino, coincide con Samara en que en esta tragedia insólita tuvieron responsabilidad tantos delincuentes como autoridades corruptas que permitieron que el casino operara sin las mínimas medidas de seguridad.
“No hubo justicia, no sabes quiénes están detenidos; no hay un memorial digno, no hay conmemoración que rinda honores a las víctimas: murieron muchísimas personas, algunas eran sostenes de su casa, la razón de vivir de muchas personas. Ver morir a tu hijo… carajo, ¿cómo sigues viviendo? Es difícil. Pero, sobre todo, no hay consecuencias positivas, eso es lo que más daña”.
Añade, categórico: “Hoy mismo en cualquier parte de Monterrey podría pasar lo mismo o algo peor”.
